EL ESCAPARATE DE MI ABUELA
por Fernando Otero
 
 

Te miro y me veo en un reflejo de pelo mono, porque tú debes ser el hijo de me hermana, la que se casó con el Británico. Me gustaba también llegar a este cuarto que huele a viejo y como a tí, buscar sorpresas en el escaparate de mi abuela. Se me iban las horas abriéndo carteras viejas, mirando fotos amarillentas del abuelo que no conocí, oliendo la mezcla de mil perfumes, encontrando pedazos de recuerdos que se fueron acumulando con el paso de los mediodías de sol y de rosarios en la salita del televisor. Por algúna misteriosa razón que no podía explicar bajo ninguna lógica en esas expediciones siempre resultaba encontrando algo nuevo aunque la vez anterior había abierto una a una todas las carteras, urgado en todos los cajones, mirado en todos los rincones, leído todos los recortes de periódicos. A veces era una foto que no había visto antes, otras una carta vieja, un recibo de una lavanderia que hacía mucho había desaparecido de las arenosas calles de mi ciudad, otras simplemente un olor nuevo. Así fué como crecí convencido de que en el lado derecho del escaparate, el que siempre estaba cerrado con llave, había duendes que en las noches salían y cambiaban las cosas de lugar, movían los recuerdos de un lado a otro para abrirnos de una manera disimulada una ventana al ayer. A pesar de los años de olvido, de la falta de uso práctico, de la luna del espejo partida por la mitad y remendada con una colección de Heraldos de muchos días, mantienes un aire de dignidad en el medio de la oscuridad de la habitación. Aprendiste a vivir de la atención que solamente te dimos en nuestros días de niños. Has visto épocas malas y buenas, risas y lágrimas, vida y dolor, llegadas y partidas. Ten cuidado y no te vayas a cortar con el espejo. Por cierto, esa foto de esa que tienes en tu mano y que muestra a una niña sin nombre pero que te acuerda a alguien es de tú mamá. Fué un domingo cuando nos llevaron al parque del Sagrado Corazón para un ritual gastrónomico de arepas de huevo y empanadas donde Peñita. Hubo una época en que fuímos compañeros de habitación. Fué antes de mi viaje a la universidad. La familia había crecido y tocó adaptar este cuarto como mi habitación. En realidad, a esa edad te trataba con indiferencia. En mi mente de adolescente pensaba que lo sabía todo. Cuando me marché a la Capital iba lleno de sueños e ilusiones, y a tí ya no te consideraba lleno de recuerdos sino de papeles viejos y sin uso. En mi arrogancia, sentí que el mundo me era pequeño, sentí la necesidad del caminante y emprendí la ruta del exilio. Me fuí en un avión sin regreso a recorrer el mundo. Ciertamente he podido satisfacer mi necesidad de conocer, pero tantos caminos recorrí , por tantos y diferentes senderos anduve que como dice Joan Manuel Serrat, "se me olvidó el camino del regreso". Poco a poco la vida se volvió recuerdo. Pasé navidades en la distancia, días de la madre y cumpleaños, matrimonios, nacimientos y muertes. Poco a poco mi nombre se volvió extraño simplemente asociado con el ring de una esporádica llamada telefónica. Fué entonces cuando finalmente entendí tu función en la vida. Fué entonces cuando finalmente comprendí que tu destino y el mío volvían a cruzarse y que estarían inexorablemente unidos en un matrimonio limitado solamente por tú resistencia a el tiempo y a las termitas. Fué entonces cuando en una revelación divina comprendí que nuestra unión transcendía mas allá de mi propia existencia física. Esa es la foto de mi Primera Comunión. Soy ese tío que nunca has visto en persona y que de ves en cuando oyes mencionar en conversaciones familiares. Esa junto a mí es tu mamá,al lado tu tía, y en el centro tu abuela. Nos tomamos esa foto en un estudio fotográfico en la 72 cuyo nombre se me borró de la memoria pero que quedaba allí cerquita el Meditarráneo. Bueno, creo que has tenido suficiente por el día de hoy, ya te veo la cara de aburrido. Cuando salgas por favor, apaga la luz, me gusta la oscuridad para pensar y eso es lo hago hoy en día. Sé que volverás, como yo volvía hasta que crecí y me fuí, simplemente para volver definitivamente. Vete a jugar que yo no tengo más que hacer ni decir por el día de hoy. Es mi hora de volver al lado derecho del escaparate, ese que está siempre cerrado con llave.