EL  SOL TAMBIEN SALE A LA MEDIANOCHE por Luz Maria Cabrales



          El olor a pescado recién atrapado del mar, como caracolas
   amontonadas, inundaba la cocina de aquella pobre cabaña. Era un
   aroma que entusiasmaba a Fabio;  el sabía limpiarlos muy bien
   porque su madre le había enseñado, cuando él mismo no sabía aún
   leer. Le decía : "Hazlo con cuidado, mi cielo, y piensa siempre que
   puedes encontrar dentro una gran sorpresa."  Así, el esperaba
   descubrir  un tesoro, cada vez que tomaba el cuerpo resbaloso de ojos
   sorprendidos, y todavía transparentes del pescado capturado al
   amanecer.
  
   Luego su madre, colocaba de forma ordenada su carga en la cesta. Se
   enrollaba un trapo rojo sobre la cabeza, a modo de bandeja, para
   soportar el peso de la gran canasta de fique, de los pescados y los
   bollos de maíz que a veces hacía. Y se lanzaba a las calles estrechas
   de ese minúsculo pueblo del Caribe; un pueblo cuyo nombre ni
   siquiera se encuentra en ningún mapa.
  
   -  "Pescaoo. Pescao fresco" - 
  
   Con su voz de garganta fuerte componía una melodía que, unida a las
   olas del mar y a los chillidos de las Guacamayas en los patios,
   transmitía un mensaje de júbilo a la estrenada mañana. Y Fabio, el
   niño de piel oscura y ojos como corozos negros y brillantes, se henchía
   de orgullo al saber que cada pescado había sido abierto, de forma
   amorosa, por él. 
  
   Un día encontró una carta metida dentro del estómago de un bagre;
   y se hallaba protegida por un envuelto desconocido, parecido al
   plástico, pero pegajoso al tacto. La carta decía : "Somos unos niños
   que vivimos en un lugar muy frío, rodeados de hielo. Los ancianos ya
   nos han contado todas las historias que recuerdan, y nosotros vivimos
   un invierno largo como la noche interminable. Por favor, quien lea
   esta carta nos envíe una historia a ...·
  
   No hay que decir que Fabio se volvió loco de contento por la sorpresa.
   Sus amigos de la escuela, cuando se enteraron, se jugaron al dominó,
   el derecho de escribir una historia para los "esquimales", nombre que
   en adelante le dieron a los niños desconocidos.
  
   - " Puedo contarles la leyenda del Hombre-Caimán" - Dijo Pedro.
  
   - "No, yo puedo contarles mejor la de Bochica, el hombre blanco que
   enseñó a los indios"- Dijo Alvaro.
  
  
  
  
  
   De modo que, en lugar de dormir la siesta, los amigos de Fabio y él
   mismo, se jugaban una partida y el ganador escribía una carta que,
   junto a las otras que escribieron, llegaron casi a la docena; sin
   embargo, ninguna obtuvo respuesta.
  
  
   Fabio empezó a ponerse triste, y dejó de ayudar a su madre en las
   labores de limpieza de escamas e intestinos de pescado, y pensó
   muchísimas veces, en sus tardes de resentimiento, que sus amigos
   "esquimales"  lo habian olvidado para siempre. Y creció.
  
   Pasaron muchos años después de todo esto, y un día Fabio pescó con
   su hijo Angel un gran pez que se llevaron a casa. Y la madre de Angel
   le dijo : "Ven, te voy a enseñar a limpiar pescados".  Abrieron el
   vientre del animal, y encontraron otra carta tan protegida como lo
   había sido la anterior, y ésta decía : "Hemos recibido todas esas
   preciosas cartas, gracias por escribirlas. Nuestros padres nos
   contaron las leyendas contenidas en ellas; y crecimos sabiendo que
   existía un mundo exótico y caliente, mas allá de las fronteras heladas
   de nuestro país. Hemos querido ahora, si aún tenemos quien nos
   escuche, comenzar a contarles a vuestros niños nuestros propios
   cuentos...".
  
   Angel el nieto de Leticia, la vendedora de pescado, se sentó en el
   pequeño taburete de la cocina, a escuchar de su padre Fabio, la
   lectura del cuento llamado "Sol de medianoche".