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El hombre frisaba en
los sesenta años. Sin embargo, parecía tener menos a
pesar de sus escasos cabellos blancos y ralos. La expresión
de su cara mostraba una serenidad natural, propia de las
personas que no tienen nada que temer, nada que pedir y
nada que perdonar. A menudo, se sentaba en el dintel de
la casa a recordar sus épocas pasadas, sus días de niñez,
repletos de emociones, de lo que él llamaba aventuras y
que no fueron otra cosa que las travesuras y
acontecimientos propios de la vida de un niño sano,
despierto y pleno de vivencias nutrientes y agradables.
Pensaba también en su adolescencia, igual a las de otros
jóvenes de su edad y de su medio ambiente. Llena de
amistades, de afectos, de ilusiones con uno que otro
desengaño enriquecedor y que para nada o muy poco
afectaron su desarrollo como adulto, sus ímpetus como
luchador y sus metas como forjador de realidades dentro
de un marco posible, adecuado a lo que fue el trazo de su
vida desde que nació y se empezó a formar como ser
humano.
No tenía, pues, nada que enturbiase sus recuerdos en
forma grave. Nada que lo hiciese avergonzar ante los demás
y ante sí mismo o que le impidiese recorrer los mas recónditos
rincones de su memoria para solazarse con tantos y
prolijos recuerdos de su vida, que desfilaban ante sus
cerrados ojos, cuando se recostaba en su taburete de
cuero de vaca contra la pared del frente de su casa, como
desfilan las imágenes de las películas en el gigantesco
telón de cine a la manera de un interminable
caleidoscopio de colores.
Sin embargo, no todo era color de rosa en la mente del
hombre. A pesar de que se esforzaba en no darle
importancia, siempre aparecía el recuerdo del pájaro
bobo, de aquel momento , remoto en el tiempo, pero actual
en el recuerdo, que punzaba en su orgullo de niño pero
que había transportado durante toda su vida convirtiéndose,
ya como adulto, en un interrogante que no podía
descifrar.
Era el menor de su pandilla, con apenas 10 años. En la
esperada época de vacaciones escolares, su principal y
casi única preocupación era la de ser aceptado en los
innumerables juegos y aventuras infantiles que planeaba
su primo, el jefe indiscutible del grupo, hábil hacedor
de cometas, excelente futbolista, capaz de improvisar y
narrar cualquier historia, por truculenta que fuese,
dejando a su auditorio literalmente con la boca abierta.
Conocedor, por haberlas visto, de las ultimas películas
que presentaban en la capital, donde vivía y desde donde
se trasladaba puntualmente cada Diciembre para pasar las
vacaciones con sus abuelos y divertirse con los primos,
que numerosos, pero menores en edad, lo esperaban todos
los años, como a un Mesías portador de un sin fin de
diversiones y aventuras. Experto tirador de honda , tenía
en su haber numerosos trofeos volátiles, petirrojos,
chichafrias, toches de distintos colores y hasta un
sangre de toro, pieza por demás difícil de abatir y
para la cual había que meterse en los montes por horas y
horas y tener el pulso firme y el ojo certero.
Toda la tropa, primos y vecinos y uno que otro extraño,
que, atraído por la fama del recién llegado, aspiraba a
ser incluido en los innumerables programas que organizaba
el Jefe, apenas lo miraban por encima del hombro. Todos,
también, trataban de emular las hazañas del Líder y de
una u otra manera, orgullosamente, exhibían sus trofeos
que abatían con la crueldad inocente del niño que
maneja una honda y una piedra.
El hombre recordaba que él era el único que nunca había
matado un pájaro, no porque no quisiera, sino porque no
había podido hacerlo, no tenía fuerza para tensar bien
la honda, o hacia mucho ruido al acercarse a su presa, o
simplemente no sabia distinguirla en el follaje del jardín
maternal. Sabía que si lograba presentarse ante los demás
con un trofeo, cualquiera que fuese, ya no tendrían
excusa para rechazarlo, ya no podrían decirle que no lo
llevaban en sus excursiones porque hacia mucho ruido, o
porque se cansaba muy rápido o porque no tenía puntería
con la honda y lo único que hacia era espantar la presa.
Un día, cuando todos los demás estaban ausentes en una
partida de caza, el niño, al salir a rumiar su soledad
al patio solariego, divisó en las ramas de un árbol no
muy alto, un pájaro ,al que llamaban Pájaro Bobo, que ,
por ser algo mas que tonto, por ser mas bien ausente,
permitía que se situasen casi al alcance de la mano y ni
se daba cuenta del peligro, era la presa mas fácil y soñada
para todos lo que , como él, necesitaban con urgencia un
bautismo de fuego.
Febrilmente, buscó su honda y tuvo tiempo de escoger la
mejor piedra. Con el corazón saliéndose del pecho se
colocó debajo del ave y con manos temblorosas disparó
su primer tiro. Nada, el pajarraco ni se inmutó cuando
la piedra pasó a escasos centímetros aunque con poca
fuerza, por un costado de su rama. El niño rápidamente
recogió una, dos, tres y mas piedras pues algo le decía
que la pelea era a muerte y una , dos , tres y mas veces
disparó su honda sin el mas mínimo resultado , ni para
matar, ni para ahuyentar.
Descorazonado, se sentó, cuando se le terminaron las
municiones , al pie del árbol donde estaba el pájaro.
De pronto, sin que de su parte hubiese el menor
movimiento, sintió un leve ruido en las ramas y al alzar
su cabeza, vio al pájaro bobo caer muerto a su lado.
Su sorpresa fue tremenda. Lo examinó cuidadosamente y no
le encontró daño alguno. Se lo amarró a la cintura,
tal como veía hacer a su padre cuando regresaba de cazar
patos y orgullosamente esperó la llegada de la expedición
de cazadores para mostrarles su trofeo, abatido, según
él, en pleno vuelo y de un solo tiro.
Fue aceptado por la tropa. Lo felicitaron y su estatura
creció ante el mundo, pero todavía, a los sesenta años,
siente que engañó a sus amigotes, que su mérito fue
inventado y por mas que goza de sus recuerdos, cuando se
acuerda del Pájaro Bobo, no deja de intrigarse y de
sentirse insatisfecho al no poder saber, nunca, de qué
murió el bendito animal.
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