El Pájaro Bobo(Cuento)   Atenógenes Blanco M. Nov.1997
  El hombre frisaba en los sesenta años. Sin embargo, parecía tener menos a pesar de sus escasos cabellos blancos y ralos. La expresión de su cara mostraba una serenidad natural, propia de las personas que no tienen nada que temer, nada que pedir y nada que perdonar. A menudo, se sentaba en el dintel de la casa a recordar sus épocas pasadas, sus días de niñez, repletos de emociones, de lo que él llamaba aventuras y que no fueron otra cosa que las travesuras y acontecimientos propios de la vida de un niño sano, despierto y pleno de vivencias nutrientes y agradables.


Pensaba también en su adolescencia, igual a las de otros jóvenes de su edad y de su medio ambiente. Llena de amistades, de afectos, de ilusiones con uno que otro desengaño enriquecedor y que para nada o muy poco afectaron su desarrollo como adulto, sus ímpetus como luchador y sus metas como forjador de realidades dentro de un marco posible, adecuado a lo que fue el trazo de su vida desde que nació y se empezó a formar como ser humano.


No tenía, pues, nada que enturbiase sus recuerdos en forma grave. Nada que lo hiciese avergonzar ante los demás y ante sí mismo o que le impidiese recorrer los mas recónditos rincones de su memoria para solazarse con tantos y prolijos recuerdos de su vida, que desfilaban ante sus cerrados ojos, cuando se recostaba en su taburete de cuero de vaca contra la pared del frente de su casa, como desfilan las imágenes de las películas en el gigantesco telón de cine a la manera de un interminable caleidoscopio de colores.


Sin embargo, no todo era color de rosa en la mente del hombre. A pesar de que se esforzaba en no darle importancia, siempre aparecía el recuerdo del pájaro bobo, de aquel momento , remoto en el tiempo, pero actual en el recuerdo, que punzaba en su orgullo de niño pero que había transportado durante toda su vida convirtiéndose, ya como adulto, en un interrogante que no podía descifrar.


Era el menor de su pandilla, con apenas 10 años. En la esperada época de vacaciones escolares, su principal y casi única preocupación era la de ser aceptado en los innumerables juegos y aventuras infantiles que planeaba su primo, el jefe indiscutible del grupo, hábil hacedor de cometas, excelente futbolista, capaz de improvisar y narrar cualquier historia, por truculenta que fuese, dejando a su auditorio literalmente con la boca abierta. Conocedor, por haberlas visto, de las ultimas películas que presentaban en la capital, donde vivía y desde donde se trasladaba puntualmente cada Diciembre para pasar las vacaciones con sus abuelos y divertirse con los primos, que numerosos, pero menores en edad, lo esperaban todos los años, como a un Mesías portador de un sin fin de diversiones y aventuras. Experto tirador de honda , tenía en su haber numerosos trofeos volátiles, petirrojos, chichafrias, toches de distintos colores y hasta un sangre de toro, pieza por demás difícil de abatir y para la cual había que meterse en los montes por horas y horas y tener el pulso firme y el ojo certero.


Toda la tropa, primos y vecinos y uno que otro extraño, que, atraído por la fama del recién llegado, aspiraba a ser incluido en los innumerables programas que organizaba el Jefe, apenas lo miraban por encima del hombro. Todos, también, trataban de emular las hazañas del Líder y de una u otra manera, orgullosamente, exhibían sus trofeos que abatían con la crueldad inocente del niño que maneja una honda y una piedra.


El hombre recordaba que él era el único que nunca había matado un pájaro, no porque no quisiera, sino porque no había podido hacerlo, no tenía fuerza para tensar bien la honda, o hacia mucho ruido al acercarse a su presa, o simplemente no sabia distinguirla en el follaje del jardín maternal. Sabía que si lograba presentarse ante los demás con un trofeo, cualquiera que fuese, ya no tendrían excusa para rechazarlo, ya no podrían decirle que no lo llevaban en sus excursiones porque hacia mucho ruido, o porque se cansaba muy rápido o porque no tenía puntería con la honda y lo único que hacia era espantar la presa.


Un día, cuando todos los demás estaban ausentes en una partida de caza, el niño, al salir a rumiar su soledad al patio solariego, divisó en las ramas de un árbol no muy alto, un pájaro ,al que llamaban Pájaro Bobo, que , por ser algo mas que tonto, por ser mas bien ausente, permitía que se situasen casi al alcance de la mano y ni se daba cuenta del peligro, era la presa mas fácil y soñada para todos lo que , como él, necesitaban con urgencia un bautismo de fuego.


Febrilmente, buscó su honda y tuvo tiempo de escoger la mejor piedra. Con el corazón saliéndose del pecho se colocó debajo del ave y con manos temblorosas disparó su primer tiro. Nada, el pajarraco ni se inmutó cuando la piedra pasó a escasos centímetros aunque con poca fuerza, por un costado de su rama. El niño rápidamente recogió una, dos, tres y mas piedras pues algo le decía que la pelea era a muerte y una , dos , tres y mas veces disparó su honda sin el mas mínimo resultado , ni para matar, ni para ahuyentar.


Descorazonado, se sentó, cuando se le terminaron las municiones , al pie del árbol donde estaba el pájaro. De pronto, sin que de su parte hubiese el menor movimiento, sintió un leve ruido en las ramas y al alzar su cabeza, vio al pájaro bobo caer muerto a su lado.


Su sorpresa fue tremenda. Lo examinó cuidadosamente y no le encontró daño alguno. Se lo amarró a la cintura, tal como veía hacer a su padre cuando regresaba de cazar patos y orgullosamente esperó la llegada de la expedición de cazadores para mostrarles su trofeo, abatido, según él, en pleno vuelo y de un solo tiro.


Fue aceptado por la tropa. Lo felicitaron y su estatura creció ante el mundo, pero todavía, a los sesenta años, siente que engañó a sus amigotes, que su mérito fue inventado y por mas que goza de sus recuerdos, cuando se acuerda del Pájaro Bobo, no deja de intrigarse y de sentirse insatisfecho al no poder saber, nunca, de qué murió el bendito animal.