por Beatriz Mendoza

Barranquilla…

Cuando íbamos a la casa de mi abuela nuestra diversión favorita era, sin duda, jugar al escondite. Jugábamos en toda la cuadra, especialmente en la enorme casona de la esquina. Era una verdadera mansión en ruinas: sus paredes color gris moho no conocían el sabor de la pintura desde hacia años. Tenía dos plantas, un amplio ante-jardin lleno de maleza, muchas habitaciones con ventanas desvencijadas y balcones de delicados calados en cemento y una gran pared que la bordeaba, como una muralla. Hay casas como esta por toda la ciudad. En los barrios pobres o venidos a menos están en su mayoría semi destruídas, afeadas por letreros luminosos y cables de electricidad. Han sido descuidadas por sus dueños o vendidas a empresas que las reconstruyen y las utilizan como oficinas o tiendas. En los barrios residenciales son mansiones color ayer, con arañas de cristal colgando del techo y escaleras en cedro o cerezo. Son mansiones llenas de fantasmas que le dan a la ciudad ese aire de pasado glorioso, de brillo deslucido, de ciudad procera e inmortal.

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A veces me despierto en plena madrugada, sobresaltada por el calor de junio. Las sabanas arden y el piyama se pega a la piel. Dejo la cama de fuego y me asomo a la ventana para escribir algo y ver las estrellas. La abro y no entra el viento, ni una gota de aire, ni una hoja se mueve. Todo es quietud, oscuridad, soledad. La luna barranquillera, de la que tanto hablan las canciones, brilla y su resplandor cae sobre los arboles, que con su follaje dibujan graciosas siluetas en el piso. En las calles vacias no se oye el sonido de los carros, ni de la gente. El único sonido que se percibe es el del pito agudo del sereno, que espanta ladrones y atrae a las animas.

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El mejor momento para jugar al escondite era cuando se iba la luz y las luciernagas encendían sus barriguitas para alumbrar a intervalos. ¡Cien! ¡Por mi y por todos! !Por mi! De noche los escondrijos de la cuadra eran aún mejores, los mejores del barrio. ¡El mejor sitio del mundo para jugar!

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En la ciudad el viento siempre sopla de aquí para allá.

Es un viento de salitre, que viene directo desde bocas de ceniza y la atraviesa de sur a norte.
En diciembre cambia. Viene de muy lejos, de otros países y trae voces que hablan en otros idiomas. Se torna frio, como el invierno, y la ciudad alcanza la temperatura más baja de todo el año. El viento refresca el ambiente y sopla con la fuerza de los dioses. Sopla y se lleva sombreros, faldas, hojas, inocencia, miradas y recuerdos. Se mete por entre los calados de las casas y silba. Deja a los árboles sin hojas y esparce sus semillas, pequeños helicópteros, que vuelan por el mundo. Se atasca en la rotonda del parque y da vueltas y vueltas y vueltas y juega con los papelitos de colores que quedaron despues del último bazar. De noche susurra cosas, azota a los árboles y asusta a los niños. Y en febrero se va para volver el otro año.

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Viernes por la tarde.

Acaba de pasar el viejito de los mangos. Desde que tengo memoria lo estoy viendo pasar por el frente de la casa y en todos estos anos no a envejecido para nada. No le ha salido una cana nueva en la cabeza, ni un callo mas en los gastados pies. Pasa gritando con su voz ronca y arrugada como su piel: "cucaramangooo" que dicho despacio significa ciruela corozo y mango, las frutas que vende. Lleva siempre su sombrero vueltiao, su camisa de algodon muy fresco, sus pantalones llenos de parches y su sonrisa llena de huecos. Hay muchos otros vendedores en la ciudad. Por la manana pasa el afilador tocando su silbato. Despues del mediodia, el nato de las arropillas: ¡Aoopinhaa, aoopinhaa! Entrada la tarde pasan tocando sus bocinas el morocho que vende pan en bicicleta y el del carrito del raspao y el muchacho de los helados holanda hace tintinear a su vez sus campanitas. Y ya cuando esta oscureciendo, pasan la negra de los bollos o la de las alegrias. Todos pasan pero ninguno como el. Ninguno con su saludo amable de costeno humilde, ninguno con su poder de conviccion para que compre este mango saladito o este corocito dulce, ninguno con el cansancio de sus pies que han cargado con el costal de los mangos desde la epoca de los abuelos. Y nunca ninguno con el dolor de sus profundas arrugas.

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Sacado de mi diario.

Ayer hubo fiesta donde Diana. Estaba media ciudad reunida, una multitud de adolescentes se revolcaban en un mar de sudor, salsa y merengue.Diana estaba divina como siempre y como siempre igual de creida. Llevaba puesto un conjunto de lino blanco y la mitad de las joyas que guarda en la caja fuerte la adornaban como a un arbolito de Navidad. El peinado, por el que tuvo que esperar toda una tarde en el salon para que la atendiera el peluquero, le quedaba espectacular y el maquillaje la favorecia considerablemente. Diana en realidad no es tan bonita. Es atractiva y no se que es lo que hace pero siempre atrae las miradas de todos los pelaos. Aparte de todo siempre usa la mejor ropa: los bluyines de ultima moda que compra en la boutique de su amiga "pechi", las blusitas benetton, los vestidos de los quinceaneros siempre son de alguna disenadora y hasta la ropa interior que usa es de marca. Ni se te ocurra ir mal vestida a una fiesta en su casa: el otro dia habia una muchacha hija de alguna comadre de su mama que invitaron por compromiso. A la pobre, a pesar de que tenia por lo menos quince anos, le habian puesto un vestido de nena chiquita, con medias blancas y zapatos de charol y todo, y el unico maquillaje que llevaba era un pintalabios rosado nacarado que se usaba en la epoca de Madonna, cuando mi hermana era como yo. A mi hasta me dio pesar cuando Diana empezo a burlarse de la pinta en su cara. Creo que a la pela’ se le aguaron los ojos. Por un momento quise salir a defenderla o darle alguna palabra de consuelo, pero no se me ocurrio nada. Ademas Diana me hubiera matado.
Diana es mi mejor amiga: nos contamos todo, nos prestamos ropa, pero a veces me sorprende que pueda llegar a ser tan cruel.

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¡Ay, José! ¡Se murió Jose! ¡Ay, Joselo! ¡Joselito, mijo! ¡Aya ya ya yay!
Lloran las viudas a Joselito carnaval. Vestidas de negro, con tetas falsas, con faldas que les tapan las piernas peludas. Van llorando y pidiendo una ayudita pa’ comprarle un cajón decente. Cuando consiguen una suma considerable van a la tienda del cachaco a comprar una de caña –una botella e ron caña, por supuesto- y cuando se la acaban se levantan a seguir llorando al muerto, que les dejo solamente la viudez y el guayabo del miercoles de ceniza.

¡Ay Jose! ¡Se murió Jose!

Miami, Junio 23, 1997

Por Beatriz Mendoza:
bemendoza@aol.com