Apolinar y la Carga Ligera.
Por Atenógenes Blanco Malabet, 1999

Sus largas orejas pendían lánguidas y perezosas de una cabeza gris y pesada.
Sus ojos, redondos y con pestañas duras y escasas , se movían de un lado para otro
mientras buscaban los retoños tiernos de la hierba que crecía cercana al jagüey.
Los movimientos del cuerpo, lentos y pesados, denotaban una vida transcurrida en medio de durezas, malos tratos y escasos cuidados, con abundantes cicatrices de cortaduras y extensas zonas donde el pelo gris nunca volvió a crecer después de que, la peladura que producía la incomoda angarilla, había sanado.
Sin embargo, sus pensamientos iban y venían plenos de paz y tranquilidad.
Recordaba casi prolijamente su larga vida de servicio a su amo, calladamente, cumpliendo con su trabajo
en la noria donde una y mil veces recorría el mismo sitio, en el mismo sentido y con la misma meta inalcanzable.

Solo , sin nadie con quien compartir sus sufrimientos y alegrías porque sus amo no podía entenderlo ,ni sus congéneres estaban dotados, como él, de esa capacidad de percibir y entender las cosas
que lo rodeaban, Apolinar, porque así se llamaba nuestro amigo, pensaba, cada día con mas intensidad, en que algo le faltaba a su espíritu. Que algo debía hacer antes de que sus fuerzas, ya escasas por el paso de los años, lo abandonaran definitivamente sin lograr cumplir con ese destino que él intuía como propio, como expresamente diseñado para él y que por un motivo desconocido, no lograba cumplir.

Un día, Apolinar sintió que sus patas no lo podían sostener por mas tiempo. Sin protestar, mansamente, como había vivido, busco un sitio sombreado y se dejó caer sobre el frescor de arena mojada por el rocío mañanero. Poco a poco, un sopor relajante y placentero lo invadió y una voz, salida de la misma tierra, le dijo dulce y compasivamente : - Apolinar , se acerca el momento de tu descanso final y verdadero, has cumplido bien y tengo la misión de concederte un deseo sobre la tierra antes de morir. Pero como te conozco bien , no voy a darte la posibilidad de elegir, no sea que te conformes con una buena cantidad de tiernos tallos, o unas cuantas libras de granos maduros con dulce sabor de fruta fresca.
Así que, cierra tus ojos y prepárate a viajar conmigo, no hagas preguntas y simplemente alista tus fuerzas y tu espíritu para que recibas el regalo que el Amo te tiene reservado por tu buen comportamiento durante tantos años . Así hizo Apolinar y mansamente, como siempre, se dejó llevar por aquella voz que, según él, no podía ser otra que la de su ángel protector y en el cual tenia la mas absoluta confianza.

Cuando la voz le ordenó abrir los ojos, Apolinar se encontró en el fondo de una gruta, de la cual emanaba una tenue luz y un delicioso olor a jazmín y a hierba fresca y limpia. Tardó un poco en acostumbrar sus pupilas al nuevo entorno y solo después de un rato pudo percibir que estaba rodeado de personas que se movían silenciosamente y de una manera pausada y tranquila. Una dulce y bella mujer se le acercó y con una sonrisa que iluminó la inexpresiva cara de Apolinar, colocó suavemente un pequeño bulto en su lomo y lo invitó con un gesto a caminar a su lado.

Apolinar sintió de pronto que una indescriptible sensación de liviandad se apoderaba de su cuerpo, que la carga depositada en su lomo irradiaba una tibieza que le hizo olvidar el dolor crónico que se había acostumbrado a sentir en el sitio de sus múltiples peladuras por el grueso arnés de la eterna noria y que una energía, como la de sus mejores tiempos, invadía sus músculos haciéndole amar nuevamente su fuerza bruta y sus bríos de juventud.

Cuando la bella Señora que lo guiaba por el recorrido que hizo, en forma circular y tal como lo hacia desde su implacable sitio de trabajo, dio la señal indicadora de que el paseo había terminado y retiró con amoroso gesto el pequeño bulto que Apolinar sostuvo sobre su lomo, un olor a incienso , mirra y especies lejanas, invadió la gruta y un grupo de hombres, de luengas barbas, tocados con turbantes que mostraban una alta jerarquía en el mundo de los Magos, se inclinaron con una respetuosa reverencia al paso del pequeño paquete que llevaba la Madre en su regazo para depositarlo en un pesebre colocado en el sitio mas fresco de la gruta. Apolinar no alcanzaba a comprender bien lo que acababa de hacer. Su manso carácter solo atinaba a mostrarle un acontecimiento que nunca había soñado en sus parcas ambiciones. Poco a poco se fue quedando dormido para siempre y sus amos, cuando lo descubrieron, se asombraron al ver la mueca que mostraba su enorme boca y que no era otra cosa que la sonrisa de un burro.